
Alicia Fernández Viguin
Aún recuerdo perfectamente el día que le entrevisté. Ese mismo día se dio la orden de formalizar su contrato de trabajo. Una muchacha muy tímida y de apariencia frágil. Debo realizar un ejercicio de sinceridad y decir que era mi primera vez… nunca había contratado a nadie en mi vida. Tenía dudas muchas dudas, era un puesto de trabajo que siempre habían desempeñado hombres, ya que la situación era un tanto peculiar. El trabajo consistía en estar solo, mirando cámaras de un túnel y esperando alerta para en caso de accidente o incendio cumplir al milímetro un protocolo de actuación, el objetivo: salvar vidas, casi nada.
Pero la situación era un tanto peculiar ya que este servicio se ofrece los 365 días del año, las 24 horas, las carreteras no descansan. Y el lugar de trabajo… una casita de una planta, sin rejas, sola en medio de la nada, con ventanas que no cerraban bien, vamos, que muy seguro no era. Y el perfil del trabajador hasta hacía poco era el de un guarda de seguridad. Pero se habían añadido tareas nuevas de tipo administrativo que los empleados antiguos no estaban cualificados para realizar. Y le di una oportunidad, lo consulté y aunque a mí me daría pavor estar en ese lugar sola, siempre lo he dicho, ella dijo sí y la empresa dijo sí.
En pocos días me di cuenta que no me arrepentiría, siempre llegaba media hora antes. Siempre ordenada, pulcra, trabajadora, y aprendía rápido, muy rápido. Se merendó el periodo de formación. Pero tiene algunos fallos imperdonables para según quién… Es una persona sincera, honesta y fiel.
Al cabo de unos años mi situación cambió, de ser una profesional respetada y valorada a estar en el punto de mira y cuando me vi inmersa en esa locura, me obsesioné. Trabajaba jornadas de 16 horas. Llegaba a casa y seguía enviando correos electrónicos los fines de semana también, estaba desquiciada. Pero cada mañana me recibían con una sonrisa y un cómo estás hoy nena. Eso me hacía cambiar el chip momentáneamente y comenzar el día bien, lo demás daba igual por un momento y mientras estaba con ella todo era paz, calma, musiquita de fondo y trabajo duro.
Al cabo de dos años, me despidieron. Fue la segunda persona a quien llamé y le di un consejo que no tuvo en cuenta: Ponme verde, haz leña del árbol caído o seguirás mis pasos, hazlo por mí, no quiero que sufras...
Nada, al cabo de unos días el jefe recién llegado le preguntó: ¿Cómo era Alicia? Y en vez de decirle un monstruo, una psicópata, le respondió: Es una persona maravillosa y han hecho una injusticia, y eso mismo declaró en mi juicio.
Os podéis imaginar ¿qué pasó el año que estuvo sola? No, nadie puede, solo ella y yo lo sabemos… La cosa se puso muy fea… y cuando vi el peligro real, cuando me di cuenta que su salud se estaba quebrando, me vi en la obligación moral de pedirle una cita con mi abogado y mi pareja que tenía problemas similares le acompañó. Tras eso fueron a ver a la jefa para intentar dialogar, pero les espetó: Esto es lo que hay y sino Ancha es Castilla.
Como resultado de ese encuentro nacieron cuatro demandas al juzgado social y algunas de ellas, por circunstancias, aún están pendientes de juicio, ¡qué triste! Al cabo de unas semanas recibí una llamada. Su marido, acababan de despedir a ella, venía hacia mi casa. Se paró el tiempo por un instante y salí corriendo hacia la calle desesperada.
Casi un año después estaba sentada en un banco esperando para declarar como testigo. Todo lo que pasó ese día se ha difuminado de mi memoria, supongo que es un mecanismo inconsciente de protección. Pero sí recuerdo que en la parte contraria saltaban chispas y el juez les dio lo suyo… Quien siembra recoge, pero lentamente hay que esperar y ser paciente… La vida es sabia pero lenta… se toma su tiempo y nos pone pruebas que debemos superar. Y me hicieron un gran regalo, el honor de comunicarle el resultado. Tan solo un día después de saber que había ganado mi nulidad de despido, solo un día de diferencia entre sentencias para dos despidos distanciados más de un año en el tiempo.
Aunque no nos iban a dejar así de felices, entonces llegaron las apelaciones. Al menos este tiempo de espera hemos estado juntas, compartiendo día a día el dolor e intentando salir de este pozo. Pero el tiempo acaba sanando las heridas y poco a poco este rompecabezas va adquiriendo sentido. Los opresores siguen haciendo de las suyas, así que con un poco de tiempo y verdad, fluyen nuevas víctimas por el camino que se suman al movimiento. Así que ahora somos un grupo, maravillosa minoría, con un problema común, unos objetivos y sobre todo y lo más importante, ganas de luchar por nuestros derechos.
Esta semana, ella, Esther se llama, tenía un juicio. Una de las demandas previas al despido, la causa de la nulidad de su despido, porque señores, si uno demanda o denuncia y le despiden que es lo que a todo el mundo le asusta, el despido es nulo si se puede acreditar ese motivo. Y antes de entrar a juicio, que por cierto no se celebró, empezaron las ofertas de la parte contraria, siempre pasa lo mismo…
Y surgió un gran dilema, ya que le ofrecían una cifra de dinero menor que el mínimo que se pide en la demanda... Y qué hacer, coger pájaro en mano o dejarlo volar… Es duro, porque sabemos que al parar un juicio pasan meses hasta que se vuelve a celebrar. El nerviosismo, en esos momentos, en los que te dan solo unos minutos para decidir, es extremo. Desde la lejanía me quedé observando la situación, sus ojos estaban tristes muy tristes, pero es una decisión personal, no se puede interferir. Pero en un momento, levantó la cabeza, me miró y me hizo un gesto, me decía ven te necesito.
Y para allí que me fui. Me agaché frente a ella, le miré fijamente y le dije: mírame a los ojos y dime qué sientes, qué te pide el corazón, no pienses, solo fluye y habla.
La decisión fue rechazar, lo que consideramos una miseria. A ver, si pides en una demanda de cantidad basada en discriminación, ya que una mujer a igualdad de funciones cobra menos que sus compañeros hombres, que mínimo que igualarte el salario al hombre que menos cobra, digo yo, ¿no?
Pues con esa sensación agridulce nos fuimos cada uno para su casa. Y claro, por la tarde, surgen las dudas, ¿habré hecho bien? ¿Se arrepentirá?...
Pero repito la vida es sabia y tras un gran esfuerzo, te premia. Así que al día siguiente, el pasado miércoles, y ¡qué casualidad!, que estábamos juntas. La verdad es que no nos vemos mucho. Juzgados y poco más. Recibimos una llamada, el abogado.
¡Qué momento! ¡Qué gran momento! Apelación ganada el TSJC y en menos tiempo del esperado. Así que repito, la vida es sabia, lo que se siembra se recoge para bien o para mal. Y a veces, en raras ocasiones, el destino te sorprende.