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¿Habrá transición democrática en República Centroafricana?
2016/02/01

 

Juan José Aguirre

Fotos de AP

Ahora estoy en Bangui, la capital, en la conferencia episcopal. Hoy hemos estado preparando  un mensaje a la nación que será leído por gentes de todas las religiones, así que hay que afinar mucho y mañana vamos a encontrar a la Presidenta de la Transición en el Palacio presidencial.

Me pondré la sotana negra con botones rojos 100% protocolo. Pero cuando me dé la palabra, le hablaré de mi gente de Bangassou y de sus tribulaciones, con algunas pinceladas de alegrías. A final de diciembre tuvimos la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Los candidatos son más de lo mismo (antiguos primeros ministros de X y de Z), pero lo importante, después de los tres años de horror que hemos vivido, es que haya uno, no de quién se trate. Uno que ponga orden en este gallinero.

Todos coinciden en que la visita del Papa Francisco ha abierto puertas, ha roto barreras, ha borrado líneas rojas que durante mucho tiempo han estado ahí, como muros invisibles de hormigón, para vergüenza propia y ajena de la población del país. El Papa dijo cosas que han quedado en la memoria histórica de Centroáfrica. Cuando dijo que la religión no es el problema, sino que es una parte de la solución se vio claro que el problema centroafricano era político, no religioso. Cuando quiso que el Imán de la mezquita central subiera al Papa móvil (un Toyota como el de mis curas, por cierto, vestido de rojo y con una escalinata en el lugar justo), ese pequeño trayecto en que viajaron codo a codo, rompió muchos moldes y prejuicios.

 

 

El día de Navidad lo pasé en una capilla de la selva y allí pude saludar a una patrulla de rebeldes, darle la mano y un calendario de bolsillo y decirles que no dejaran de rezar, que nuestro día de Navidad coincidía con la fiesta del nacimiento de Mahoma. El 31 rezamos en la catedral de 10 de la noche hasta las 2 de la madrugada. Nos dimos un botellón de oraciones porque tampoco había otros sitios a donde ir. Allí di a la diócesis el ostensorio que nos regaló el Papa Francisco para hacer la adoración.

El primero de año, preparamos una comida opípara para 140 pobres. Les dije a mis curas que sirvieran la mesa mientras yo llegaba desde una capilla alejada a donde fui para la Misa del día mundial de la Paz y de la maternidad de María. Comieron hasta hartarse y luego les metimos los restos en bolsas de plástico. Al menos ese día se sintieron ser algo, dueños del cotarro por un rato.

 

 

Luego el domingo de Epifanía tocó el turno a los niños de la pediatría. Uno, cuando llegué, se me quedó mirando fijamente. Una mirada profunda, como en carne viva. Con pocos meses, había sido abandonado por su madre y estaba desnutrido hasta los huesos, la piel escariada y encogida, el cabello ralo como de falta de alimento, las piernas dos palillos... y esa mirada penetrante.

Al lado podéis ver su foto. La mirada se la desmonté con una piruleta XL, pero la tristeza del rostro fue difícil de enjugar. Me pregunté lo desesperada que debe de estar una madre como para abandonar a su propio hijo, que habría que bucear en las razones secretas que la empujaron a ello... Aquí, el juego de miradas es importante, el lenguaje visual, el dicho y el no dicho, el valor del silencio... es importante. Ya sabeis que a Dios le gusta mucho el silencio. Ese crío me miraba en silencio y su mirada dolía. Era la fiesta de Epifanía pero para él, en su inconsciencia, era lo más crudo del viernes santo. Hay miradas ansiosas de hambre, miradas rastreras de odio, miradas húmedas de pena, miradas ácidas de abandono... como la de ese niño.

 

 

Vi como lo metían en una palangana de agua tibia y se dejaba enjabonar. Podrían no haberlo hecho y para él hubiera sido lo mismo, contagiado de la dejadez de su breve biografía. Pero unas comadronas lo lavaron y enjabonaron con cariño y me dije que ese simple contacto, unas manos acariciando con dulzura, unas yemas de los dedos haciendo círculos de amor sobre su frágil piel, solo podría hacerle bien y darle cargas de amor directamente envasado en nuestra pediatría de Bangassou. Luego lo untaron de aceite perfumado, como suelen hacer aquí después del baño y luego se quedó frito. Por cierto, el niño se llama Olivier. Así lo llamó una comadrona. En fin, recuerdos de los últimos días que he querido compartir a prisa y corriendo...